El ate con queso es una de esas combinaciones que parecen sencillas, pero que esconden siglos de tradición y un equilibrio de sabores difícil de superar. Este postre —o mejor dicho, antojo— es un claro ejemplo de cómo la cocina mexicana logra contrastes perfectos: lo dulce y lo salado, lo cremoso y lo firme, lo cotidiano y lo festivo.
Un poco de historia
El ate es una pasta dulce elaborada principalmente con membrillo o guayaba, frutas muy apreciadas desde tiempos virreinales. Su origen se remonta a la influencia española, ya que en la península ibérica era común el “dulce de membrillo”. Cuando llegó a México, esta tradición se fusionó con la riqueza frutal local, dando lugar a ates de distintos sabores: tejocote, manzana, durazno e incluso mango.
Por su parte, el queso aporta el complemento perfecto: un contrapunto salado y ligeramente ácido. Aunque el queso fresco es el más habitual, también se utilizan variedades como el panela o incluso quesos más maduros para acentuar el contraste.
El contraste que enamora
La magia del ate con queso radica en la dualidad:
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Lo dulce y lo ácido del ate de frutas.
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Lo salado y lo cremoso del queso.
El resultado es un bocado equilibrado que se disfruta tanto en meriendas caseras como en mesas de celebración.
Maridaje con vinos o café
El ate con queso no solo es delicioso por sí mismo, también se presta a maridajes que realzan su sabor:
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Con vinos:
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Un vino blanco semidulce como el moscatel resalta los tonos frutales del ate.
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Un vino tinto joven y afrutado (tempranillo o garnacha) armoniza con la densidad del queso.
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Para quienes buscan algo más sofisticado, un porto ruby es el compañero ideal.
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Con café:
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Un café americano suave permite que el postre conserve su protagonismo.
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Un espresso intenso equilibra el dulzor del ate, creando una experiencia más robusta.
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Si se prefiere un toque cremoso, un cappuccino acompaña de maravilla al queso fresco.
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Tradición que se mantiene viva
El ate con queso no necesita de complicaciones: basta con cortar un trozo de ate y acompañarlo con un buen pedazo de queso para descubrir por qué esta combinación ha permanecido por generaciones. Es un recordatorio de que, en la sencillez, se encuentran los mayores placeres gastronómicos de México.








